Secreto. Expresión de dudoso concepto que fastidia, perturba e incita. Lo peor es la sílaba final. Esa “to” que pretende cerrar como una llave su alcance. Secreto… provoca deseos de abrir el signo como sea, ponerlo al descubierto, acertarlo de golpe, comprenderlo porque sí. ¡Qué palabra! Suena a cripta, se acerca a misterio, aviva la intuición...  
Conocimiento que se posee excluyendo a otros, eso es un secreto; cierta cuestión que se mantiene reservada, oculta cuidadosamente, eso mismo es; en caso de ser descubierto pierde su esencia, deja de ser; un secreto es un asunto comprensible, explicable (no es un misterio). ¡Cómo no acordar con la definición! Es sencilla. No agrega más. Así son los diccionarios, descuidan ciertos aspectos, los dejan abandonados estimulando nuestra reflexión. Las definiciones no incluyen apreciaciones éticas, ni emotivas, ni… Cuando buscamos “secreto”, por ejemplo, no encontramos referencia alguna al individualismo, a la soledad, a la falta de solidaridad, o a la misericordia que podría entrañar el hecho de ser poseedor de un secreto; tampoco se señala la responsabilidad, el grado de compromiso, la felicidad o la angustia que podría implicar resguardar un secreto; ni se menciona nada acerca del poder que podría otorgar a quien lo preserve; nada se dice acerca de la envidia que quizá genere sospechar que alguien tiene un secreto, o la indignación, si se cree que la revelación aportaría algún beneficio social.    
Una definición tampoco asegura la existencia de lo que expone.         Deducimos que los secretos existen, entendiendo que si los diccionarios los enuncian, es porque los hay; así sucede con “perro”: se lo describe sin aseverar que este animalito es parte de la realidad. Pero con los secretos, la cuestión es un poco más compleja que el mamífero doméstico perteneciente a la familia de los Cánidos, de características diversas según las razas… 
Afirmamos con total seguridad que el perro existe, lo diga o no el diccionario, tengamos o no perrito a la vista…  ¿Pero qué hay con  los secretos? ¿Se encarga la realidad de evidenciar su existencia? ¿Conlleva secretos la vida?  Veamos un poco…
Usted mismo, vos, yo… ¿hemos mantenido oculta cierta información convencidos de que era secreto? O, por el contrario, ¿nos hemos dado cuenta de que algo que otro creía un secreto, no lo era, dado que formaba parte de nuestro conocimiento?   
Hay personas para quienes la vida conlleva secretos; algunas, son poseedoras; pero otras, son excluidas; en este último caso puede tratarse de ingenuos ignorantes que nada sospechan, o bien de personas perspicaces que sospechan acerca de algo, pero no alcanzan a dilucidarlo.
También hay personas muy particulares para quienes la vida no tiene secretos; para ellas los secretos no existen. Afirman que no hay secretos si la intuición existe.  ¿Cómo? ¿Qué dicen?  Volvamos al diccionario… Intuición: facultad de comprender sin necesidad de razonamiento. Si soy intuitivo, comprendo, descubro. La definición no afirma que esta facultad existe; será la experiencia quien nos lo diga, lo mismo que con los perros y los secretos.
Así las cosas, quien contara con esta competencia, poseería la capacidad de desvanecer secretos. Así las cosas… ¡la vida carecería de secretos!
Secretos como plaga, para algunos; apenas unos pocos secretitos, para otros; y ningún secreto para los intuitivo.
¡No hay secretos si la intuición existe! Convencido de esto, el intuitivo suele considerarse un gran descifrador, experto en desencriptar la vida misma, si fuera preciso. Lo sabe todo. Él no cree. Descree.  Y así anda, calculando que no hay incógnitas, confiando en que no lo esperan los imprevistos. 
¿Qué secreto podrá haber en la lluvia repentina de mañana, obviamente no anunciada hoy, si mi intuición me indica llevar paraguas? Protegido debajo de su paraguas va, sin humedad, sin sensación de frescura. No le gusta ni le disgusta. No siente el agua que cae. Y así, con todo. Con lo simple y lo complejo. Ningún secreto en las miradas que cruza. Invulnerable. Tan seguro está acerca de quien puede amarlo como de quien puede traicionarlo. No hay entresijos sin desenmarañar, ni frases por resolver, ni silencios que necesiten ser explicados. Así organiza sus relaciones, satisfecho en su intuición. Siempre a salvo.
Extraña eminencia o víctima que paga un alto precio por su condición… No hay secretos para él. Tampoco hay sorpresas. No hay lluvia para disfrutar o para maldecir. No hay personas por descubrir. No hay sitio en la Tierra que atesore herméticas razones.
Acaso la ilusión de hallar un mísero secreto sostenga la esperanza como fuente de felicidad. Acaso el deseo de hallar algo indescifrable sea la constante que lo azuza. Devoto del turismo no habitual, cierto día, el gran descifrador toma vacaciones. Empeñado en algo especial, su intuición lo lleva por buen camino. Elige el Altiplano. Especial para él, puede ser; pero, como siempre para él… ¡sin secretos! Hay folletos, y hay mapas, ¡y ha leído tanto! Sabe que el lugar le resultará, por lo menos, novedoso, y está seguro de que el viaje será irrelevante. Emprende su plan. Abandona su rutinaria ciudad y llega a otra, San Salvador de Jujuy. Las esculturas de Lola Mora, la casa donde asesinaron a Lavalle, y una noche para descansar, le parecen suficientes. Transitando dos días la ruta hacia el Norte, y deteniéndose de vez en cuando donde un cuadernillo se lo indica, pretende  conocer la Quebrada; entonces avanza hacia el próximo objetivo: alojarse una noche en La Quiaca. Pero mucho antes de llegar a la frontera, un pueblo que no ha marcado en sus mapas, muy apartado del asfalto y otras comodidades, lo invoca con letras blancas sobre un cartel verde. Ya está en el Altiplano, o Puna y, mapa rutero en mano, sabe por dónde ir y podrá llegar.
No habiendo secretos para él, estará al tanto de que no es fácil volver de Casabindo, si antes no se toman ciertas precauciones para que el viaje resulte irrelevante…
Porque aunque se regrese por el mismo camino, exactamente como se fue hacia allá, sin inconvenientes, en un par de horas… ¡volver no es lo mismo! Para ir, es posible que guíe la intuición, llevando al inocente sin especular acerca del retorno. Ruta nueve, nacional, buen asfalto. Se va dejando Humahuaca, detrás quedan cerros y cardones. Un antigal. Otro. Uno más.  Por fin, Abra Pampa y la decisión de girar. Ruta once, provincial, ripio y ripio. 
De ida es la tierra. Las piedras. La huella. Un cielo imperturbable. Los pastos secos, y unos cuantos corrales a lo lejos. Un animoso hilo de agua clara sobre el lecho pedregoso de un arroyo le hace frente al sol, siempre atento. Llamas y vicuñas son iguales cruzando el camino. Un pastor y una pastora, tan quietecitos, son parte del paisaje. El viajero aprecia un horizonte diferente de otros, e intenta capturarlo, pero ese azul no se deja sujetar, no es practicable retenerlo con fidelidad, siquiera con la tecnología más evolucionada.
Mientras el auto marcha, el intuitivo se va aletargando, se acostumbra a la placidez de las ondulaciones sepia, a la calidez, al despojo… Es entonces cuando se le revela, como en sueños, Casabindo.
Llegando al pueblo con un sol incorruptible, y siendo la siesta quien lo recibe, obtendrá un permiso reticente, que debería agradecer. La soledad y el silencio lo ocupan todo; apenas queda un lugarcito para estar con uno mismo.  Se aprende a andar las pocas calles, levantando menos polvo, con pasos mesurados. Un vistazo es suficiente para abarcar el conjunto de viviendas. Se vaga entre bajas casas de tono indefinible… marrón, ocre... Podría sospecharse que son idénticas y que están deshabitadas, pero la sombra de un alma aparece y se va, sin que se sepa cómo, ni a dónde. Hay que admitir que no se supo ver. 
Seguro de que hay algo más, lo busca. En seguida resplandece, blanca e inmensa, “la Catedral de la Puna”, impuesta tiza entre el adobe mustio del caserío. Su campanario dormita a la espera de un domingo. Nadie ronda la iglesia ni la plaza que la antecede. Se está extraordinariamente solo.
Los ojos del recién llegado se esfuerzan por descreer tanta quietud, y los oídos insisten inútilmente en desasosegarse. Es preciso invocar un espejismo. Y puesto que para este visitante no hay secretos, vislumbra la celebración popular que se repite cada 15 de agosto, cuando se quita de las astas de un toro, una vincha[1] de monedas de plata, para devolvérsela a la Virgen, quien la custodiará un año más. La intuición del viajero es fiel: al toro no se lo mata  ni se lo hiere; se lo vence, y  aquel páramo está de fiesta. Pero Casabindo es algo más que “el toreo de la vincha”. Será por eso que quienes llegan por primera vez, se resisten a partir. Pero hay quienes llevan marcado el regreso. 
A la vuelta, confiando en que la ocasión amerita contar con la rutina como buena compañera, se busca la seguridad de la propia huella marcada en el ripio. Convencido de desandar el camino, se juzga, por soberbia o por ingenuidad, que se vuelve tal como se ha ido.  Pero a la vuelta, mira. Y ve. 
Cuando vuelve, los rebaños que parecían todos iguales, se distinguen gratamente. Los pastores, no estaban dibujados. Hay matas muy verdes entre los pastizales secos; y las piedras que aparentaban la misma opacidad… brillan.  
Cuando vuelve, el cielo es tan diáfano como antes, pero le revela, ahora, una inmensidad que lo expone a su propia insignificancia. Desconecta la música, abre las ventanillas por completo. Cree escuchar el chasquido de un telar. No es seguro. Trata de aprehender el acento del viento. No es posible. Entonces, detiene el motor y baja del auto. Ensaya asir el sol con la misma mirada impasible que había llevado, protegida detrás de eficaces lentes oscuros. Ya no puede. Se resigna. Reinicia la marcha. Asume que no es sencillo regresar de aquellos pagos, que no ha sido precavido, que no tuvo la oportunidad de especular. Algo lo inquieta. Por primera vez intuye que existe lo insondable. Ya no hay retorno. Se siente bien.  Y es la nada. Y es el todo. Es vacío y plenitud. Se lo ha dicho el Altiplano, la Puna jujeña, un sonido iluminado que exhorta al viajero a volver con ojos nuevos, donde la impertinencia deja espacio a la humildad; con su dureza induce delicadamente al incrédulo a escuchar, como insólito, algo antiguo, propio, profundo, esencial. Es tan generosa que no guarda secretos; se entrega a quien la necesita, amable y sabedora de florecer donde es preciso.
         Acaso cualquiera sea capaz de intuir un secreto, pero la Puna es otra cosa... misterio. ¿Lo buscamos en el diccionario? ¡No…, ya no! Es preferible concluir con un secreto a voces: si uno quiere aprender que hay estrellas… ¡hay que andar la Puna en las noches!   
Nora Coria

*Artículo publicado en Revista cultural Crepúsculo, de Fundación Tres Pinos 



[1] Vincha, con V corta, del quechua wincha. 

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